ACTO II
ESCENA II
ANTONIA. ¿Qué es lo que escondes debajo de esa saya?
MARÍA VICTORIA. Nada que deba incumbirte, madre.
ANTONIA. ¡Oh lo que una madre, que todo el cariño y amor que posee emplea en su amada hija, ha de soportar!
(Irrumpe furiosa Doña Esmeralda de Castro en la cocina.)
DOÑA ESMERALDA. ¡Vuestras voces oigo desde mi dormitorio! Hagan el favor de callar ya, por piedad.
ANTONIA. Disculpe Mi Señora, entienda usted, una madre a su hija ha de educar.
DOÑA ESMERALDA. Temo tener una visión diferente a la suya de lo que llama “educar”. Buenos días.
(Doña Esmeralda sale de la cocina con paso indignado.)
MARÍA VICTORIA. Temo tener yo también otra visión de lo que llamas “educar”, madre.
ANTONIA. ¡Ay, hija mía, cuánto te queda todavía por aprender!
MARÍA VICTORIA. ¡No de ti, dirás!
ANTONIA. ¿De quién sino? ¿De ese bobo del cochero? ¡Válgame el cielo!
MARÍA VICTORIA. ¡Por ejemplo!
ANTONIA. ¿Cuándo entenderás que no podéis estar juntos? ¿Cuándo, hija mía, cuándo? ¡Espero que no sea demasiado tarde el momento! Que Dios te bendiga, mi niña.
MARÍA VICTORIA. La bendición de Dios ya me ha sido concedida con el amor que me ha hecho descubrir.
ANTONIA. Dios no hace pagar justos por pecadores, así que espero no tener que morir por ti, insensata. Todo lo que sé enseñártelo he creído, pero de nada me ha servido.
MARÍA VICTORIA. ¡Un error has cometido, encerrándome en esta jaula, sin dejarme volar hacia mi querido!
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