
No hay lugar como Menorca. Tranquilo, limpio, natural. Siempre me ha encantado. Cuando era niña me encantaba jugar en la arena de sus playas vírgenes, ir desnuda y sentir el viento de Tramuntana. Ahora ha cambiado un poco la cosa. Cada vez hay más turistas y está más contaminada, más artificial. Pero esos lugares escondidos, esas playas no tan turísticas, siguen ahí. Cala Pilar es un buen ejemplo de ellas. Está completamente vacía. Nadie, excepto algunos excursionistas menorquines, va a esta playa. Hay que recorrer una hora de camino a pié, y no precisamente llano. Rodeada de pequeños montículos i colinas, Cala Pilar entra en la isla. Los pocos que van, suelen embadurnarse el cuerpo de la arcilla que compone los montículos. Se dice que es muy sano para la piel. Es una playa realmente muy pequeña. Al entrar en el agua, hay piedrecitas. Esto es señal de que poca gente ha pisado esa arena, y no se han deshecho. Bien entrado en el mar, sientes la frialdad del agua. Es muy estimulante. Por sus cristalinas aguas nadan un montón de peces. Si los peces nadan en éstas aguas, es señal de que están limpias. En el lado derecho de la playa, hay un arrecife con todo tipo de animales y plantas acuáticas. Es una verdadera playa menorquina virgen.