Entré en el restaurante, le dije lo que quería y mientras lo anotaba me fijé en sus manos. Mi eterna manía.
Sus manos. Suaves, cuidadas, con dedos largos rematados por largas uñas pintadas de rojo.
Y entonces la verdad me dio de lleno, me golpeó en el centro mismo de mi equilibrio, y casi me tiró al suelo. No salí corriendo de milagro.
Al entrar en casa de Noraima un pasillo con varias puertas, y al fondo, una abierta. Daba a un taller o estudio en el que vi objetos de pintura y lienzos. Alguien pintaba allí y Noraima no podía ser ya que sabía por propia experiencia que la pintura no se va de las manos nunca tan bien cómo para tener unas manos como las de Noraima.
Conduje sin prisas hasta su casa y una vez allí, llamé al timbre.
Tardaron en responder pero al final, Noraima salió por la puerta y le sorprendió verme de nuevo.
-¿Qué hace usted aquí de nuevo señor? Le he respondido a todas las preguntas que me ha hecho y hasta le he llevado a ver la tumba de la chica.- Me dijo ella con cara cansada y aborrecida.
- Tengo una última pregunta para usted. ¿Puedo pasar?
-Sí, sí por supuesto.
Me dejo entrar nuevamente y ocupé la misma silla de antes, ella no se sentó, solamente puso las manos sobre el respaldo de su silla y allí lo vi. Llevaba unos guantes de látex y tenía las manos completamente manchadas de pintura. Me había equivocado, no tenía las manos sucias porque utilizaba guantes. Toda la historia que me contó sobre Vania era cierta.
Me levanté de la silla y sin decir nada me marché. Ya tenía la respuesta en mis manos.